En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»
La Epifanía, esto es, la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús, que empieza con su nacimiento y continúa con la adoración de los Magos de Oriente, se completa ahora con su aparición pública, “cuando llegó de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”. Marcos narra estos acontecimientos con gran concisión, y nos obliga a mirar a lo esencial de los mismos. Jesús no elige para el comienzo de su actividad pública el Templo de Jerusalén, sino el desierto; no se manifiesta ligándose a los actos de culto oficial, sino al profetismo, inesperadamente renacido en torno a Juan el Bautista.
El fácil entender que en el Bautismo de Jesús hay latente una profecía de su muerte y resurrección. Al tomar sobre sí el pecado del mundo, Jesús acepta también las consecuencias del pecado, ante todo, la muerte. El sumergirse en las aguas del Jordán es todo un símbolo de su entrega por amor hasta la muerte. Pero el poder del Espíritu que se manifiesta sobre Él al salir de esas aguas habla de su triunfo sobre la muerte: en la fragilidad de la carne es confirmado por Dios como Hijo.Nosotros hemos sido bautizados no sólo con el bautismo de agua de Juan, sino con el Bautismo del Espíritu Santo, por el que nos hemos sumergido en el misterio de la muerte y de la resurrección del Hijo de Dios, nacido en una carne como la nuestra. Esto significa que también nosotros tenemos que estar dispuestos a hacer la experiencia del desierto, a elegir el camino de la marginalidad y del servicio, a renunciar a la destrucción y la violencia, a ensayar la apertura de Dios, que no hace acepción de personas, a tratar de pasar por este mundo, como Jesús, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por cualquier forma de mal. Bautizados en el bautismo pascual de Jesús y ungidos con su Espíritu, también nosotros podemos escuchar la voz que baja del cielo: “(también) tú eres mi hijo amado, mi hija amada, el objeto de mi predilección”. Esta es nuestra más profunda y auténtica identidad, que sólo en comunión con Jesús de Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, podemos descubrir.