Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.
Vivir amando
No amamos a los otros como una forma de ganarnos el cielo o de obtener el perdón de nuestros pecados. Amamos a los otros porque hemos sentido en nuestros corazones el amor de Dios, porque hemos descubierto que Dios es amor y que la vida sólo vale la pena vivirla si la consumimos amando. Eso es dar gloria a Dios. Eso es alabar a Dios: amar.
Cuando comenzamos a vivir de esa manera, los sueños, los viejos ideales comienzan a tomar carne, a hacerse realidad. Los cielos nuevos y la tierra nueva dejan de ser un ideal inalcanzable para ser semilla recién plantada en la forma como nos relacionamos con los vecinos, como tratamos a nuestros familiares, como... Cada minuto en la vida se convierte en una ocasión para amar, para participar en esa creación colectiva de un mundo nuevo y una tierra nueva. Eso y no otra cosa es vivir el amor que Jesús nos propone en el Evangelio de este domingo.
La visita de Pablo y Bernabé por las comunidades de que nos habla la lectura de los Hechos era una visita creadora de esperanza. Descubrían la acción del Espíritu en cada comunidad y alababan y daban gracias a Dios porque la chispa del amor de Dios había llegado a los corazones de aquellos hombres y mujeres. No tenían duda de que esa chispa se convertiría en un incendio. Sabían que su espera se había convertido en esperanza cierta. ¿Mantenemos así viva nuestra esperanza?
