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Exprés-arte: Virgen de la Almudena

La talla actual de la Virgen de la Almudena es de madera de pino dorada y policromada, y sostiene al Niño en sus brazos y data seguramente de fines del siglo XV o principios del XVI, fue realizada por un escultor relacionado con el maestro Diego Copín de Toledo o por el mismo tal y como afirmaron José Manuel Azcárate y  Francisco Portela; sustituyó a la anterior que aparece citada en algunas crónicas y  cuya imagen es probablemente la que aparece pintada en el arcón de San Isidro que se encuentra en la Capilla de la Catedral dedicada a San Isidro, y que podría haber sustituido a una primitiva que se habría quemado en tiempos de Enrique IV (1425-1474).

Esta  imagen de Santa Maria la Real de la Almudena, estuvo vestida desde 1626. Durante este tiempo recibió gran cantidad de vestidos y mantos, regalo de distintas Reinas de España, que se conservan en el Museo Catedral; pero el 18 de junio de 1890, por disposición del entonces Obispo de Madrid Don Ciriaco Sancha, la Virgen salió en la Procesión del Corpus desposeída de sus vestiduras de tela.

El origen de la imagen de la Virgen, que con el tiempo se había de llamar Santa María la Real de la Almudena llega, según la tradición, hasta la generación apostólica; y con ella la devoción que siempre ha tenido entre los madrileños. Cuenta la leyenda que fue traída a España por el Apóstol Santiago cuando vino a predicar el Evangelio, y dicen que la pintó San Lucas y la talló Nicodemus…  Esta pretensión de atribuir tan remoto origen a la Imagen, es muy de admirar. Lo que si es cierto es que en la pequeña villa que luego habría de ser capital de España, se veneró desde siempre como Patrona una imagen de la Madre de Dios denominada “Santa María de la Vega” o de “La Concepción Admirable”.

Expres-arte: La incredulidad de Santo Tomás

TOCAR LA RESURRECCIÓN

Sobre el lienzo de la “Incredulidad de Santo Tomás” de Caravaggio
 
Este lienzo, que se encuentra en el Neues Palais de Postdam, destaca por su esencialidad. Dejando el fondo oscuro y vacío, el pintor enfatiza la presencia de los personajes, cuyos rostros y atuendos revelan la preferencia evangélica por los desposeídos.

Resulta muy interesante el estudio de la iluminación. En este óleo, la luz funciona como un espacio autónomo, como un personaje más, y como tiempo, pues introduce el ritmo narrativo.

La luz caravaggiesca simboliza siempre la presencia de lo sobrenatural, de lo divino, de acuerdo con la metafísica de la luz de Platón o S. Agustín: Dios es la luz.

La escena ilustra con gran verismo la narración de Jn 20, 24-29, mostrando el momento en que Tomás introduce su dedo en la llaga del costado de Cristo. Un hecho que podría parecer prosaico, constituye la mayor prueba física del reconocimiento de Cristo, la definitiva demostración de su regreso desde el reino de los muertos.

El pintor ejecuta una composición que converge en la llaga, de tal modo que la atención de los personajes del lienzo y la de los espectadores se ve irremisiblemente atraída por esta prueba física.

Por medio del dedo de Tomás, el espectador toca el costado de Cristo. Su herida es al mismo tiempo el punto sensible del cuadro y el elemento que cristaliza el sentido profundo del tema.

El habitual naturalismo descarnado de Caravaggio se vuelve aquí casi de sentido científico: la luz fría cae en fogonazos irregulares sobre las figuras, iluminando el cuerpo de Cristo con un tono macilento, que le hace aparecer como un cadáver, envuelto aún en el sudario (no es una túnica).

La forma de pintarlo no deja lugar a dudas de que Jesús ha estado en el reino de los muertos, y que a pesar de ello, ha vuelto.

Por otra parte, es impresionante el realismo con el que el artista retrata a Tomás, con la frente y el cuello en tensión ante la comprobación del milagro. La ropa raída y la tosquedad de los rostros desvelan un discurso teológico muy concreto, centrado en los humildes.

Una incredulidad legítima

Limitándonos a una interpretación superficial, podría parecer que este relato evangélico de la incredulidad de Tomás le ha hecho un flaco favor a la imagen del Santo, quien aparece con una actitud de  desconfianza y recelo; tras un análisis más profundo se desvela que la intención de la narración hay que entenderla en clave catequética: predicar la fe ciega,  la confianza absoluta en la promesa de salvación.

Sin embargo, hay que advertir que la petición de Tomás de meter el dedo en la llaga es absolutamente legítima. El no estaba allí cuando apareció Cristo resucitado. El no había sido testigo de la Resurrección... y necesitaba tocarla.

Esa es también mi experiencia pascual, y creo que la de muchos cristianos; que a pesar de haber visto tantas veces aparecer a Cristo en nuestras vidas, necesitamos cada Pascua que vuelva a hacerse presente su Resurrección, que nos permita tocar sus llagas en la Eucaristía.

Por eso Dios se hizo carne, para poder ofrecernos un cuerpo palpable, para que la fe no fuese una abstracción sino fruto de la presencia de un Cristo histórico, corpóreo.

De forma sutil, el óleo refleja que la duda no es exclusiva de Tomás, y lo evidencia presentando a dos apóstoles que se acercan descaradamente para verificar “la prueba”, como si ellos también necesitaran cerciorarse.

El Cristo de Caravaggio también parece asumir con comprensión la actitud del Santo, porque El mismo coge la mano de Tomás para dirigirla al costado herido. Es como si quisiera acompañarlo, y también a nosotros, en un hallazgo que escapa a la capacidad humana de comprensión.

Resulta muy revelador que la prueba que Cristo presenta de su Resurrección es una referencia a la Cruz. Así, la prueba de la crucifixión se convierte en la prueba de la Resurrección.

No en vano la Pascua es un misterio que une muerte y vida. Ese es el motivo de nuestra alegría, celebramos que, a pesar de conocer nuestras dudas y nuestras muertes diarias, Cristo mismo toma nuestra mano y la conduce hasta hendirla en su cuerpo llagado, para hacernos descubrir que la muerte está vencida.

Expres-arte: Pentecostés

Esta obra, "Pentecostés" del Greco data del año 1600, y pertenece al estilo manierista. Se trata de un retablo destinado a la iglesia del Colegio de Doña María de Aragón en Madrid, por lo que la pintura se aplica sobre madera. El tema tratado en esta obra es un tema religioso, en el que se refleja la venida del espíritu santo y a los apóstoles junto a la Virgen María esperando esta llegada. En esta obra del Greco hay un predominio del dibujo frente a la línea, aunque en ciertas ocasiones ésta aparece con un tramo discontínuo para dar sensación de movimiento. Las cuerpos son cuerpos desproporcionados a la par que naturalistas y realistas. Cada uno de los personajes aparece individualizado del resto. Podemos observar colores primarios en lugares como en el atuendo de la Virgen, o en las de algunos de los aóstoles. El foco de luz que El Greco establece en esta obra es la paloma, el Espíritu Santo que desciende desde el cielo, que ilumina a las figuras desde arriba creando un juego de luces y sombras en las figuras, las cuales tienen su propia proyección de sombra,dando así un toque de realismo a la obra.

1. Rostros de las dos mujeres
Llama especialmente la atención en la obra del Greco esta presencia femenina dentro del juego de miradas que se establece entre los personajes. Los rostros de las dos mujeres se unen y mientras la Virgen levanta los ojos hacia el Espíritu del Señor, que ya la cubrió con su sombra en el momento de la Anunciación, la Magdalena baja humildemente la cabeza arrepentida de sus pecados y una lengua de fuego se posa también sobre ella bendiciendo su humildad.

2. Discípulos
Dispuestos de forma circular, el resto de personajes distribuidos en tres planos rodean a María, que centra la composición y nos dirige con su mirada a la paloma que corona la obra.

3.San Pedro y San Juan
Los escorzados San Pedro y San Juan abren la escena situados de espaldas, pero sus gestos ilustran de forma más elocuente incluso que los rostros que no vemos el sobrecogimiento de lo que están viviendo.

4.Miradas
Todos los apóstoles excepto dos miran a lo alto. Junto a la Magdalena, uno de ellos centra sus ojos abiertos con asombro en la Madre de Cristo y otro fija su mirada en el espectador introduciéndolo en la escena, que posiblemente sea el retrato de algún contemporáneo del artista cretense.

5.Espíritu Santo
El Greco juega con la correspondencia de las miradas de manera que la composición se centra en la figura de la Virgen, cuyos ojos nos guían hacia el Espíritu Santo a la vez que todo queda envuelto en una atmósfera en la que intencionadamente lo natural y lo sobrenatural se funden. Cuando el Espíritu de Dios desciende sobre aquellos que le siguen toda su vida se llena de la presencia divina y la transforma en una vida nueva.

Expres-arte: La oración en el huerto


La oración en el huerto / Cristo en el Monte de los Olivos (año 1460, National Gallery, Londres) - Andrea Mantegna (Isla de Carturo, ca. 1431 – Mantua, 13 de septiembre de 1506) fue un pintor cuatrocentista italiano.

Cristo aparece en oración, sobre una eminencia rocosa del terreno a la que se accede por una escalera tallada en los estratos geológicos. Ante él, sobre una ligera nube, se hallan cinco putti que presentan los instrumentos de la Pasión: la columna, la cruz, la esponja y la lanza. 
 
En el primer término, sumidos en profundo sueño, los tres apóstoles permanecen ajenos a la aproximación, por el camino que conduce a la lejana Jerusalén, de la horda de soldados acaudillada por Judas, quien con el brazo extendido señala la dirección a seguir, como urgiendo a una rápida acción. Una de las figuras del primer plano permite a Mantegna desarrollar su personal teoría del escorzo. Los diferentes términos del paisaje se hallan valorados por efectos de luces; así, la figura de Cristo y el perfil del promontorio en el que está arrodillado quedan en contraluz relativo sobre la masa más clara del plano que los sucede. La atmósfera cristalina del cuadro refuerza la concreción de las formas topográficas, que han sido descritas con un criterio escultórico, sirviéndose Mantegna de una técnica extraordinariamente minuciosa. Ofrece la composición un dibujo seguro y rotundo, cuyas líneas contornean con evidencia las formas naturales, las de la arquitectura y los personajes. Como es habitual en la obra del artista, el paisaje está poblado por diversos animales.
 
El grupo de los tres apóstoles dormidos permite apreciar las características de precisión técnica y rigor dibujístico. La superficie del suelo se halla cuajada de gravilla que el pintor ha descrito con extraordinaria minucia. Las expresiones de los rostros de las figuras son de un gran naturalismo; sus bocas entreabiertas dejan escapar la pausada respiración propia del estado de sueño.

Expres-arte: Virgen con niño entre angeles, Hans Memling

Hans Memling (1433-1494) era, junto a Roger van der Weyden y Dieric Bouts, uno de los pintores flamencos preferidos de Isabel la Católica. Con su estilo refinado y preciosista, la serenidad de los rostros y la delicadeza de los gestos de sus personajes, el colorido límpido y la armonía de sus composiciones, Memling se alejaba del realismo de Jan van Eyck, del dramatismo de su maestro Roger van der Weyden o de las imágenes oníricas del Bosco.

“Su estilo es suave y delicado, con figuras bellas y magnífico colorido. Aporta una concepción germánica, sensual, de la belleza humana y de los destacados fondos paisajísticos de sus cuadros”.

El Maestro de la Leyenda de santa Úrsula recibe su nombre de ocho tablas en las que se representa la leyenda de esta santa, conservadas en el Groeningemuseum de Brujas. 

Es probable que este artista anónimo residiese un tiempo en Bruselas y que más tarde se trasladara a Brujas, ya que en su estilo hay referencias a Rogier van der Weyden, Hugo van der Goes y también a Hans Memling. En la pintura del museo Thyssen-Bornemisza, el maestro ha tomado como modelo la obra de Van der Weyden San Lucas pintando a la Virgen y al Niño, del Museum of Fine Arts de Boston. La Virgen, sentada sobre un trono arquitectónico, sostiene al Niño, con delicadeza. 

La composición la cierran dos ángeles, que sostienen el dosel del trono. En este panel destacan varios objetos con un significado simbólico: la manzana nos remite al papel de Cristo Salvador de la humanidad y los pétalos rojos del clavel evocan a la Crucifixión. También destaca el collar de coral que lleva el Niño al cuello, accesorio que aparece en pinturas medievales y al que se consideró un amuleto contra el mal de ojo, además de las propiedades curativas que se atribuían al coral.

Expres-arte: El buen Samaritano, Van Gogh

EL BUEN SAMARITANO

El buen samaritano (según Delacroix). Auvers, mayo de 1890. Óleo sobre lienzo, 73 x 60 cm. Otterlo, Rijksmuseum Kröller-Müller 

Cuando Van Gogh realiza este cuadro acaba de recuperarse de la que sería la última recaída de su vida, aunque se encontraba aún agotado por la enfermedad.


El pintor...

Las circunstancias durante las que lleva a cabo su obra son las mismas que las que sufría cuando pintó "La Resurrección de Lázaro", y muy parecidas a las que padeció cuando pintó "Piedad" y "Angel". Todas estas obras de carácter religioso tienen en común que son ejecutadas inmediatamente después de la recuperación tras una recaída de su enfermedad, y puede verse en ellas el deseo de encontrar consuelo en sus pensamientos religiosos, como una forma más de salir de la depresión que le causa sus recaídas, identificándose de una u otra manera con los protagonistas de los cuadros.

Significado...

Es notable la capacidad de Van Gogh para revelar sus emociones a través de la pintura. Él, que se había entregado tanto a los demás durante su período de predicador, ahora se encuentra sólo y abandonado. Parece como si sintiera compasión de sí mismo.
El cuadro puede tener diversas lecturas. La más inmediata se refiere al hecho más reciente vivido por él mismo durante la recaída sufrida en Arlés y que le tuvo dos días perdido hasta que alguien le encontró y pudo ser conducido al hospital. Se siente así perfectamente identificado con el hombre herido y abandonado de la parábola.

Una segunda lectura puede interpretarse como una representación de su vida en Saint Rémy, o su vida en general, en la que se considera un hombre sólo y castigado por las circunstancias, y en la que alguien (su hermano Theo?) le ayuda a levantarse y a proseguir.
Finalmente, el hecho de que pase un sacerdote, luego un levita (encargados de los templos), y un samaritano (despreciados por los judíos, quienes les negaban el saludo ni tenían tratos con ellos), se presta a la crítica, una vez más, del estamento religioso, y a todo autoritarismo en general, al mismo tiempo que muestra su preferencia por los más sencillos y humildes, entre los que encuentra mayores rasgos humanitarios.

Los detalles...

Es un cuadro en el que, mirado detenidamente, y prestando atención a los pequeños detalles, se puede apreciar un gran dinamismo originado por el equilibrio inestable de las figuras.

El samaritano realiza un gran esfuerzo para levantar el peso inerte del herido y subirle a la montura. Ese momento está recogido como en una fotografía instantánea. El herido, en equilibrio inestable, no acaba de asentarse bien en la cabalgadura y está realizando una presión lateral sobre el animal, que, para contrarrestar el empuje, se mueve separando sus patas traseras y arqueando el lomo para mantener su equilibrio.

El movimiento torpe de los dos hombres abrazados, cuyo contorno forma una línea sinuosa, origina a su vez, de forma natural, un movimiento ondulado de las ropas, ondulación que se extiende, y esta vez en forma exagerada, al animal y a las montañas del fondo.

Expres-arte: El ángelus de Millet

Jean-François Millet (1814-1875)El Ángelus
Entre 1857 y 1859
Óleo sobre lienzo

Un hombre y una mujer rezan el ángelus, oración que recuerda el saludo del ángel a María durante la Anunciación. Han interrumpido su cosecha de patatas y todas las herramientas de este trabajo, la horquilla, los sacos y la carretilla, están representados. En 1865, Millet cuenta: "El Ángelus es un cuadro que he realizado, pensando en como, trabajando antaño en el campo, a mi abuela no se le escapaba, cuando oía tocar la campana, de hacer que nos detuviéramos en nuestra labor para rezar el ángelus para estos pobres muertos ". Se trata pues de un recuerdo de infancia que originó el cuadro y no la voluntad de exaltar un cualquier sentimiento religioso. Por otro lado, Millet no es practicante. En una escena simple, quiere fijar los ritmos inmutables de los campesinos. Aquí el interés del pintor enfoca el tiempo de la pausa, del descanso.

Aislada en el primer plano, en medio de una inmensa y desierta llanura, la pareja de campesinos adopta unos aires monumentales, pese a las dimensiones reducidas del lienzo. Sus rostros se han dejado en la sombra, mientras que la luz subraya los gestos y las posturas. El lienzo expresa de este modo un profundo sentimiento de recogimiento y Millet supera la anécdota para ir hacia el arquetipo.

Es sin duda lo que explica el extraordinario destino del Ángelus: objeto de una increíble pasión patriótica durante su intento de compra por el Louvre en 1889, venerado por Salvador Dalí, lacerado por un desequilibrado en 1932 y convertido a lo largo del siglo XX en icono mundialmente famoso.

Expres-arte: Sagrado Corazón, Goyo (III)

"El Costado abierto y el Corazón traspasado del Salvador son para el Padre Dehon la expresión más evocadora de un amor cuya presencia activa experimenta en su propia vida" (CST 2).

El Corazón de Cristo abierto por la lanza del soldado es el centro de toda la experiencia espiritual dehoniana. En esta imagen tremenda del Corazón que vierte hasta la última gota de su sangre se resume todo el misterio de la Cruz y con él todo el misterio del empeño divino de abajarse hasta lo más hondo de la condición humana: el sufrimiento y la muerte injusta.

Este aspecto dramático de la historia de la salvación, huyendo de una iconografía sangrienta y agresiva viene insinuado en el cuadro por el desgarro de la túnica que permite ver el pecho de Cristo. No es una abertura natural, está deliberadamente descentrada, como un rasgón del cuello de la túnica. Es este desgarro el que completa el símbolo del destello para dar cuenta del doble movimiento del mismo misterio pascual: muerte y resurrección, abajamiento y exaltación.

El Corazón traspasado, desgarrado, abierto del Crucificado es uno de los símbolos evangélicos donde se concentra mayor significación teológica. Por una parte, es el colofón de la pasión humana de Cristo, como cierre y conclusión lógica de toda una vida solidaria, abandonada, descentrada de sí para los demás. En segundo lugar, la herida del Corazón, que amó tan profunda y humanamente y es tratado de una manera tan brutal, es una denuncia profética del mal y de la injusticia. Desde Dios, el Corazón abierto de su Hijo en la cruz nos da cuenta de lo que ya buscábamos con ansia cuando contemplábamos la humanidad de Cristo: los sentimientos de Dios. Solo que aquí, esos sentimientos adquieren tal intensidad, tal fuerza, que son inabarcables en sí mismos. El Corazón de Cristo es la expresión más plástica del amor de Dios por el hombre que llega al extremo de dejarse herir, y aún muerto, entregar la última gota de su sangre. 

En palabras del P. Dehon: “Y en el evangelio, el evangelio del Verbo hecho carne nuestra, todo nos habla de amor... Al hacerse hombre, el Hijo de Dios no ha podido cesar de ser todo amor, porque habría cesado de ser Dios. Su Corazón encierra todo su amor”.
Tan solo esta experiencia debería estremecer a quien la contempla. La pregunta clave aquí es: ¿quién es este Dios que ama de esta manera? Pregunta que no tiene por respuesta más que el dejarse inundar por el misterio infinito de un amor inabarcable e incomprensible. Esa pregunta trae de la mano otra no menos radical: ¿quién soy yo para que Dios me ame así? Tampoco tiene respuesta formal esta pregunta, salvo el sentimiento cierto y perdurable de que nuestro yo ha sido librado repentinamente de todas nuestras inquietudes.

En otras palabras: se trata de la certeza de que hemos sido salvados portentosamente.

Expres-arte: Sagrado Corazón, Goyo (II)

LA HUMANIDAD DE CRISTO

Sin duda, lo primero que llama la atención de la figura de Cristo es su humanidad. Una humanidad absolutamente contemporánea, no solo en el tratamiento estético y técnico de la imagen, sino en la contundencia y modernidad del rostro. Y, sin embargo, a pesar de ser un rostro tan humano, tan real y tan moderno, no nos parece estar mirando una cara que nos podamos encontrar en la calle. Es extraño, porque no hay signo alguno que nos verifique, a modo de nimbo, que ese personaje es divino. Dentro de su realismo, el autor ha sabido darle el idealismo suficiente como para situar delante de nosotros un personaje absolutamente trascendente.

La humanidad de Cristo para un dehoniano es central. En ella descubre el P. Dehon la puerta de acceso al Misterio del amor de Dios, un amor concentrado simbólicamente en el Corazón abierto del Salvador. A través del contacto con la humanidad de Jesús, el dehoniano busca conocer los sentimientos de Dios, cómo funciona ese Corazón que nos ha amado tanto. En la humanidad de Cristo el hombre de hoy se puede identificar con el Dios cercano a nuestras cosas, que se hace compañero de la vida cotidiana y le da una nueva dimensión. La pregunta clave que traspasa toda nuestra búsqueda de Dios a partir de la humanidad de Jesús puede ser ésta: ¿quién es este Dios que acompaña mi vida?, ¿qué sentimientos le mueven a todo un Dios a perdonar a la pecadora?, ¿cómo late un corazón que se acerca a enfermos y oprimidos y les cura?, ¿qué siente un corazón así por mí cuando lloro o me río, me siento confuso o pierdo, gano o triunfo…?

Los ojos: Observemos detenidamente los ojos del Cristo de Goyo. Se trata de una mirada directa, penetrante y, a la vez, dulce, transparente. Es tan intensa que si aguantas los ojos más de cinco segundos en ellos no te deja indiferente. No es la mirada apasionada de un enamorado adolescente, es más bien la mirada del amor que se ha acostumbrado a esperar pacientemente. Si tapamos el ojo derecho, observaremos cómo el izquierdo está ligeramente más abierto y recibe más luz. Su mirada es directa, limpia y provocadora. Tapemos ahora el ojo izquierdo y observemos cómo el párpado cae ligeramente sobre ojo provocando una expresión de infinita ternura. Lucidez y ternura: las dos características de la misericordia (miseria-corazón), ese sentimiento divino que le provocamos los hombres. Y esa es precisamente la provocación de este Cristo que nos invita a entrar en relación directa e íntima con su mirada. Aceptar el reto de mirarle y aceptar ser mirado. Contemplar cómo me mira el amor: esta es la oración típicamente dehoniana.
  • La boca: Con los labios levemente entreabiertos parece que se dirige con suavidad al espectador para decirte algo, ¿o acaba de hacerlo? La expresión no es crispada sino tranquila, como quien habla con la voz queda, la voz de la intimidad. Es el espectador el que tiene que discernir si lo que sale de los labios de Cristo es una llamada nueva que está a punto de ser pronunciada o una Palabra antigua que resuena.

Expres-arte: Sagrado Corazón, Goyo (I)

EL AUTOR

Gregorio Domínguez, Goyo, nació en 1960 en Fuentecén (Burgos). Estudió con los Hermanos Maristas. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y becado por el Departamento de Paisaje de la misma facultad, su obra ha sido expuesta desde los años noventa en distintas Galerías de Arte de España y del extranjero. Parte de su obra está expuesta en el Museo del Ulster de Irlanda en Dublín. Ha recibido varios premios, entre ellos la Primera Medalla Salón de Otoño (Madrid) en 1994. Pero, sin duda, Goyo es popular por un número muy significativo de obras religiosas. Famosísimo es su Cristo de la barca. En su haber tiene varios retratos de Cristo y María así como de fundadores de Familias religiosas.

EL RETRATO DEL P. DEHON
Llama la atención la capacidad de Goyo para representar la personalidad y las cualidades de los personajes de sus retratos. En este sentido, el retrato del P. Dehon puede sorprender, de hecho sorprende, por un cierto alejamiento formal de los retratos que estamos acostumbrados a ver. Sin embargo, esta desviación viene compensada con creces por la maestría con la que el autor ha reflejado su personalidad. Quizá no estemos viendo una imagen física totalmente fiel a los testimonios fotográficos, pero tenemos un auténtico espejo moral y psicológico del P. Dehon.

El tratamiento de las dos figuras es deliberadamente desigual. El detallismo del rostro del P. Dehon frente a la rapidez, casi de boceto, de Cristo nos desvela cuál es la figura real y cuál la evocada. La misma composición del cuadro, un tanto forzada por la necesidad de compaginar dos miradas directas y en la misma postura, delata esa primacía comunicativa del rostro del fundador sobre el de Cristo. No obstante, esta primacía es más estética que intencional.
La luz es otro elemento a tener en cuenta. Una luz difusa abarca ambas figuras, matizándolas, envolviéndolas en un candor especial. Es una luz que apenas provoca sombras, las suficientes para dar volumen a las formas, y verosimilitud al gesto. Una luz amable y transparente que invita al diálogo entre el espectador y el retrato. El fondo neutro con manchas de colores fuertes acentúa esa transparencia de la luz y le quita profundidad al cuadro haciendo que las figuras se sitúen más en el mundo real del espectador que en su propio mundo.
Definitivamente, el cuadro del P. Dehon no está hecho simplemente para ser mirado sino para dejarnos mirar por él. Todos los elementos descritos invitan a la relación, al intercambio de miradas..

Expres-arte: La crucifixión, Matthias Grünewald

Este cuadro de la Crucifixión es el más conmovedor de toda la cristiandad, se encontraba en un convento en el que eran atendidos los hombres que eran víctimas de las terribles epidemias que azotaban a la humanidad en occidente en la Baja Edad media. El crucificado está representado como uno de ellos, torturado por el mayor dolor de aquel tiempo...ante esta imagen rezaban los monjes, y con ellos los enfermos, que encontraban consuelo al saber que Cristo había sufrido con ellos. Este cuadro hacía que a través de su enfermedad, se sintiesen identificados con Cristo...experimentaron la presencia del crucificado en la cruz que ellos llevaban y su dolor les introdujo en el abismo de la misericordia eterna...

1. EL DOLOR
Aprehender su verdadero significado es difícil pero no imposible. El sentido cristiano del dolor DIGNIFICA nuestra experiencia sufriente, a veces lo cauteriza. 
Este Jesucristo muere lentamente en la Iglesia de un hospital donde los religiosos de la Orden de los Caballeros de San Antonio acogen enfermos de toda Europa...El cuadro de Grunewald exhibe su padecimiento... Como un predicador de la Pasión, Grünewald no ahorró nada para expresar los horrores de la cruel agonía, el cuerpo deformado por la torturade la cruz.

2. SAN JUAN BAUTISTA:
San Juan Bautista viste pelliza de camello y barba descuidada, con la mano izquierda, las escrituras, y con la derecha, un índice desmesurado señala didácticamente la figura de Cristo. Sus palabras resuenan en la oscuridad... 

Juan Bautista declara haber sido enviado a anunciar a Cristo.A sus pies el Cordero de Dios, con el pecho herido y una copa que recoge la sangre fluida "Este es el Cordero de Dios".El patíbulo de la muerte vislumbra aguas estancadas de un río y su significado teológico ampliamente estudiado por el abad Guido Guersi, como un intento didáctico dirigido a los enfermos del hospicio que el monasterio hospedaba y que probablemente consolaba a los que implorando en sus tormentos les hiciera sentirse menos despreciables... 

3.  MARÍA
San Juan el evangelista, (verdadero testigo de la crucifixión), no sabía que sus brazos podían ser tan largos ni sus manos tan fuertes.Pero es necesario para sostener el cuerpo destrozado de María. Su velo blanco la envuelve como un sudario..., un velo blanco puro de inocencia...pero su rostro angustiado se retuerce de dolor frente a Juan quien la sostiene piadosamente.

4. MARÍA MAGDALENA

María Magdalena, en primer plano, es la más pequeña de todos. Febrilmente humilde, minúscula..tan lejos ya de Él. Las proporciones cambian de una figura a otra...desorganiza los puntos de referencia en un espacio de rocallas y tinieblas...


5. LAS MANOS
Rienda suelta de Grünewald al realismo y brutalidad, exageración de expresiones y actitudes...deforma pies y manos horadadas...la horrible incisión de clavos...
El conmovedor gesto de las manos me recuerda que cada clavo tenía de 15 a 20cm con punta de 6cm y el otro extremo puntiagudo.Fueron clavados en las muñecas donde hay un tendón que se rompió, obligando a forzar todos los músculos de la espalda para poder respirar y obligado a apoyarse en el clavo metido en los pies, alterando el ciclo para respirar.
Jesús aguantó esta situación 3 horas...mientras una corona de espinas rasgaba su cabeza.

Expres-arte: Jesús entre los doctores, Durero

Como mirar un cuadro: Adivinar lo que no se dice...

Superada la primera impresión y ajeno el autor a cualquier preocupación de "perspectiva convencional" italiana, esta historia de rostros, libros y manos permite una doble lectura, hacen una referencia al universo leonardesco y su interés por lo grotesco y la caricatura. Todo ello unido a su preocupación por la belleza ideal (el rostro adolescente de Cristo). Junto a las manos, los ojos se convierten en un órgano esencial de la creación pictórica, aquel, que a través de la mente le dota de un status intelectual.

Su singular gusto por lo enigmático ligado a la iconografía de carácter anticlásico, de complicada sofisticación manierista, su afiliación humanista, su obsesión por la geometría y proporciones del cuerpo humano (multitud de dibujos preparativos)..hace que al final de su vida, DURERO se considera "incapaz de dar una indicación válida y definitiva que pudiera acercarse a la belleza y sus proporciones"´

El tema se inscribe dentro de la infancia de Cristo y está reseñado en el Nuevo Testamento, el hecho tuvo lugar cuando tenía 12 años. La Virgen y San José han perdido al Niño durante tres días de búsqueda. Lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, sorprendidos por su sabiduría.


Analizamos las deformaciones del mundo visible...
La perplejidad ante un cuadro es algo habitual. Un cuadro como este siembra confusión deliberadamente para entablar una vigilancia, una atención renovada. El autor, en este caso, no juega a las adivinanzas. Espera que la exploremos. Sólo es necesario concederle tiempo...la verdadera confusión empieza cuando el espectador no sabe donde posar los ojos, cuando no encuentra el punto de referencia que le permita orientarse en la imagen. Este NO ES EL CASO. El autor domina sin problemas el arte de la pintura. La destreza académica no tiene secretos para él.

La mirada se agudiza a medida que localiza lo que no está bien. Se concentra en los desfases y distorsiones, en la alteración de las apariencias, en los rostros que enternecen o irritan, según percibamos el resultado de una torpe tentativa o de un juego gratuito. Lo cierto es que el pintor utiliza la realidad exterior como punto de partida, pero es una materia bruta que hay que modelar, trabajar para descubrir su significado.


La eficacia del mensaje...

La tabla llama la atención no sólo por su iconografía, sino por el lenguaje simbólico y esquemático, no narrativo ni específicamente artístico. Interesa, pues, más por la eficacia del mensaje y su funcionalidad, que por su aspecto estético (como será poco despues tann característico de la imagen reformista).

Expres-arte VII: En reparación

Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro, (2Cor 5, 20)

Un enorme lienzo en forma de cruz es sostenido en posición erguida por una cadena que sale del cuadro por arriba. El lienzo ocupa casi toda la escena de forma frontal. Por detrás dos planos de color neutro en un leve ángulo sugieren la idea de una realidad detrás de lo que estamos viendo.

A la izquierda un paño cubre parcialmente uno de los brazos de la cruz, como si hubiera sido corrido provisionalmente. En el centro un andamio de cuatro cuerpos en el que está subido un hombre, quizá un pintor, un restaurador, un médico, dirige la mano hacia una crucificado en alto relieve que está suspendido, sin cruz, en un plano de una superficie maleable. Junto al pintor una silla abocetada, apoyada contra el plano del Cristo.

Un sillón solitario en la parte inferior derecha se individualiza de una forma inquietante por la manera como una luz indescifrable se proyecta desde arriba sobre él.

Expres-arte VI: El discípulo amado

El que vive en Cristo es una nueva criatura:  lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. 2 Cor 5,17

Una figura de hombre joven ocupa casi la totalidad del cuadro excediendo su superficie. Está vestido con ropas modernas y su movimiento y volumen es poderosísimo. Un intenso color azul matizado en casi todas sus gamas se funde con el negro del fondo. “Como en el Génesis, dice Teresa, me gusta partir de los fondos negros, que no los considero pintura sino vacío y tinieblas. Sobre ese vacío del negro, ausencia de todo, trato de iluminar con luz las figuras que emergen.

Pero con una luz hecha de amor trascendente, que aún en las situaciones más oscuras de la vida de cada hombre, le dé una esperanza definitiva de luz y de amor. Esa luz esperanzadora que disipa las tinieblas no es otra que la Luz absoluta. Es decir, Dios. La luz frontal y desde arriba recorta la expresión de la cara, la camisa blanca, y el movimiento decidido de la pierna hacia adelante. Todo es dinamismo.

El estudio del volumen tratado de una forma geométrica, casi cubista y la intensidad del color le dan una fuerza expresiva tan intensa que parece que el espectador debe apartarse para dejar pasar al discípulo.
1. Ser nuevos
2. Vuelve a la vida

Expres-arte V: El icono de la madre de Dios

Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. 2 Cor 5, 18

La tipología "odiguitria"


Esta tipología mariana presenta a la Virgen de medio cuerpo, sosteniendo y mostrando con el brazo izquierdo al Hijo, y con la mano derecha señalándole a los hombres como juez misericordioso: Camino, Verdad y Vida. El maphorion o manto de la virgen, ricamente adornado con la triple cruz en forma de estrella, antiguo símbolo sirio que alude a la virginidad antes, durante y después del parto. “El rostro de María, noble y sereno, refleja el esplendor del clasicismo bizantino, el encarnado, transfigurado por un suave juego de sombras y luces, irradia la luz no creada de la energía divina, según la doctrina hesicasta”.  El Hijo, vestido con el himation (túnica) real de color blanco pascual, responde, a su vez, con un gesto majestuoso de bendición con los dedos confesando la Trinidad, mientras sostiene con la mano izquierda un rollo: se trata del “quirógrafo”, el documento jurídico donde queda cancelada nuestra deuda y así se consuma nuestra reconciliación.

Su nombre, “odiguítria”, lo recibe de la iglesia donde era venerada en Constantinopla, pero sobre todo porque María se hace "conductora", "guía" (odigós), portando al Hijo e indicándolo como la causa de nuestra salvación
 

5. La disponibilidad

Expres-arte IV: El descenso a los infiernos

Porque el amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto.Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2 Cor 5, 15)



Sin duda Rupnik ha logrado un arte litúrgico cristiano que, sin perder la modernidad, recupera el carácter simbólico y mistérico del arte del primer milenio. Sus figuras representan el mundo trasfigurado del más allá, el mundo según Dios, por eso son esquemáticas, con rasgos tomados de la tradición de los iconos orientales: nariz alargada y noble; boca pequeña y cerrada, porque estando en presencia de la Palabra no es necesario hablar; los ojos almendrados y llenos, con la pupila dilatada ante la continua visión de Dios. Lo moderno viene dado por el uso de los materiales y las texturas casi siempre dispuestos simbolizando la encarnación: los materiales más pobres abajo se van transformando en oros y blancos cerámicos (la humanidad transfigurada por la divinidad).

2. La escena

3. El Abismo
4. "Todos han muerto"
5. Vivir para el que resucitó