Con el corazón en el domingo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Como dice Jesús en el Evangelio, si la sal se vuelve sosa, ¿para qué sirve? Si nos centramos en nuestro propio ombligo, en nuestros problemas, entonces nos convertimos en seres inútiles. La sal esta vuelta a los demás para salar todo aquello a lo que haya que darle gusto. Si la luz se vuelve sólo para sí no ilumina, no cumple su función. Tenemos que destaparnos, iluminar. Por pobre que sea nuestra luz ayudará a los hermanos y a nosotros mismos a caminar. Pero si apagamos la linterna y la metemos en el bolsillo para ahorrar baterías hasta nosotros mismos perderemos el camino.

Es tiempo de caminar y de escuchar las palabras de Jesús como una voz de aliento y no como una acusación. Ya sabe Jesús de sobra lo que valemos y lo que damos de sí. Así y todo nos ha llamado para ser sus discípulos. Menos auto-examinarnos continuamente y más hacer lo que nos pide Isaías. Entonces, descubriremos, sorprendidos, que nuestra luz brillará en las tinieblas.