En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que
Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos
vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno
poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que
yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
El Evangelio, por fin, nos recuerda que esa cercanía de Dios es un
proyecto, algo que está siempre en camino, y del que todos lo que hemos
creído somos responsables ante los demás, ante el mundo entero. Nos
convertimos en cierto sentido en la voz del Dios que llama al encuentro e
invita a la comunicación con Él por medio del bautismo. Jesús nos envía
a anunciar al Dios cercano siendo nosotros cercanos, anunciando con
palabras y obras la cercanía de Dios. Cuando tratamos de hacerlo, la
sentimos nosotros mismos y pueden sentirla los demás: Jesús y, con Él,
el Padre, por la mediación del Espíritu Santo, está con nosotros “hasta
el fin del mundo”. Este “hasta el fin del mundo” puede entenderse:
siempre, hasta que el mundo se acabe (no sabemos cuándo); en todas
partes, hasta los últimos rincones del mundo (también en mi propio
rincón); y hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase,
incondicionalmente (hasta la muerte).
En un Dios así, la verdad, merece la pena creer.