Con el corazón en el domingo: III Cuaresma

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas".»

Si Dios no es el que provoca desgracias, por medio de las fuerzas ciegas de la naturaleza o de la mano del hombre, ¿qué es lo que hace, de todas formas, ante ese tipo de acontecimientos? Jesús nos dice con su vida y con su muerte (en la perspectiva de su próxima Pascua, hacia la que le acompañamos) que Dios hace algo, y muy importante: está de parte de las víctimas, sufriendo y muriendo con ellas. Dios ha tomado partido y, respetando la libertad humana, incluso para hacer el mal, ha decidido estar allí donde los hombres sufren y mueren, sufriendo y muriendo. De esta manera, nos dice que esas muertes y esos sufrimientos no son absurdos ni inútiles, que tienen sentido, pues son parte de la pasión de Cristo, y están incluidas en su designio de amor: Dios nos ama incluso en el sufrimiento, porque no hay mayor expresión de amor en el mundo que la muerte de Cristo en la Cruz.

Comprender esto nos purifica. El sufrimiento, que no hay que ir a buscar, pero que siempre nos visita de algún modo, nos purifica. Y esa purificación nos permite dar frutos de vida, frutos de buenas obras, frutos de caridad. Y es que, si es verdad que si no nos convertimos a Dios pereceremos, también lo es que, si nos convertimos, no sólo salvaremos nuestra vida, sino que nos pondremos al servicio de los que sufren, siendo para ellos expresión e instrumento de la Providencia del Dios que cumple sus promesas.