En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de
quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí,
porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a
bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad
religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos
a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el
pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no
es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en
plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se
trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y
este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un
mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de
Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al
amor que es el Espíritu de Dios.
El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con
Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne
que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios,
la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa
lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y
nuestro pecado.
Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón
y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden
parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta
tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el
desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las
palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura:
“Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas”
Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a
vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia
infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha
manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.
También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente
pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de
Dios y de la verdadera religión. Saulo fue perseguidor violento en
nombre de Dios, pero renunció a la violencia al encontrarse con Cristo,
adoptó la actitud contraria, de dar la vida por Cristo y por los
hermanos, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad,
su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús
por designio de Dios.