Reflexión: La escena del balcón

En el balcón del palacio de Oriente tras la proclamación de Felipe VI como rey de España ha habido muchas cosas. Jerarquía y protocolo, que marca quién sale antes y quién sale después. El imparable paso del tiempo, que se nos recordaba viendo tres generaciones reflejando tres momentos de la vida: el invierno de los que se van yendo, la madurez y plenitud de quien llega tras una vida de preparación, la infancia aún necesitada de forjarse, para llegar, quizás algún día, a tomar otro relevo. Ha habido política, y costumbrismo, y la necesidad de las sociedades de tener figuras de referencia (y es que mira que no hay, en nuestro mundo, balcones, escenarios, fuentes o tarimas desde donde se asoman personajes destacados para ser jaleados por las muchedumbres). Hubo partidarios, y detractores (o estos últimos lo que es estar, no estaban, aunque haberlos haylos, porque muchas cosas en la vida son discutibles).
 
La escena del balcón Ha habido besos. Discretos, protectores, tímidos... Quizás uno de ellos es el más destacado. El beso que Doña Sofía le dio a Don Juan Carlos. Por encima de rumores, de lo que haya de verdad en la separación fáctica entre ambos, de las posibles heridas que el tiempo, la convivencia y su situación haya podido dejar, he ahí un gesto humano. Uno, que en el fondo es un sentimental, hubiera agradecido que Juan Carlos respondiese con un poco más de afecto, aunque tal vez en ese momento no estaba el hombre para eso.
 
No ha habido palabras. Se habían dicho antes, y supongo que otras vendrán en próximos días. Pero en el balcón no hubo discursos. Solo un saludo lejano, distante y “vivas” en el ambiente. Tampoco viene mal en la vida algo de silencio. Para pensar.
 
Luego está lo que no se ve. Y es curioso. La escena del balcón, pese a que pueda tener  sus pequeñas improvisaciones, en realidad está perfectamente medida. Todo está estudiado, y pensado de cara a la galería. Como tantas cosas en la vida. Tantas escenas marcadas por la preparación, el ritual o el cálculo. Pero, aunque no lo veamos, sabemos que hay trastiendas. Trastiendas que no se ven, donde los gestos serán más libres, más auténticos, más sinceros. Tal vez más duros.
 
Viendo la escena del balcón, me daba por pensar que es curioso lo parecidos y lo distintos que somos. Todos formados del mismo barro, por mucho que lo vistamos de gala.
José María R. Olaizola sj