En el balcón del palacio de Oriente tras la proclamación de Felipe VI
como rey de España ha habido muchas cosas. Jerarquía y protocolo, que
marca quién sale antes y quién sale después. El imparable paso del
tiempo, que se nos recordaba viendo tres generaciones reflejando tres
momentos de la vida: el invierno de los que se van yendo, la madurez y
plenitud de quien llega tras una vida de preparación, la infancia aún
necesitada de forjarse, para llegar, quizás algún día, a tomar otro
relevo. Ha habido política, y costumbrismo, y la necesidad de las
sociedades de tener figuras de referencia (y es que mira que no hay, en
nuestro mundo, balcones, escenarios, fuentes o tarimas desde donde se
asoman personajes destacados para ser jaleados por las muchedumbres).
Hubo partidarios, y detractores (o estos últimos lo que es estar, no
estaban, aunque haberlos haylos, porque muchas cosas en la vida son
discutibles).
No ha habido palabras. Se habían dicho antes, y supongo que otras
vendrán en próximos días. Pero en el balcón no hubo discursos. Solo un
saludo lejano, distante y “vivas” en el ambiente. Tampoco viene mal en
la vida algo de silencio. Para pensar.
Luego está lo que no se ve. Y es curioso. La escena del balcón, pese a
que pueda tener sus pequeñas improvisaciones, en realidad está
perfectamente medida. Todo está estudiado, y pensado de cara a la
galería. Como tantas cosas en la vida. Tantas escenas marcadas por la
preparación, el ritual o el cálculo. Pero, aunque no lo veamos, sabemos
que hay trastiendas. Trastiendas que no se ven, donde los gestos serán
más libres, más auténticos, más sinceros. Tal vez más duros.
Viendo la escena del balcón, me daba por pensar que es curioso lo
parecidos y lo distintos que somos. Todos formados del mismo barro, por
mucho que lo vistamos de gala.
