Con el corazón en el domingo

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha".

Les dijo también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra".


Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Escuchar perseverantemente la Palabra, aunque a veces no la acabemos de entender; asistir con fidelidad a la reunión eucarística, aunque a veces “no nos diga nada”; mantener vivo el vínculo con Dios en la oración, pese a los momentos de sequedad…, son formas de vivir la fe con confianza, esperanza y responsabilidad que siempre acaban dando fruto. Puede ser que esos frutos se nos antojen casi insignificantes, ante la magnitud de los problemas y los poderes del mundo. Pero esa pequeñez insignificante es precisamente a lo que se parece el Reino de Dios: como el arbusto de la semilla de mostaza; no es un árbol (como el árbol grandioso que se describe en la primera lectura, una imagen, tal vez, de nuestros sueños de grandeza), pero es suficiente para que los pájaros puedan anidar en sus ramas y encontrar así sombra y cobijo. La fe confiada que actúa es una fe que sí sirve, es decir, que está al servicio. Así han de ser nuestras obras: no grandiosas en su apariencia, pero sí capaces de ofrecer humildemente acogida, consuelo, descanso. 

Estos son ya signos de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, son los frutos de la fe confiada y perseverante, los que podemos ir dando en nuestra vida, si nos aplicamos con perseverancia a la acogida de la semilla, a la escucha de la Palabra que es el mismo Jesús. Para ello tenemos que acudir a Él, procurar estar con Él, como aquellos discípulos que le acompañaban por los caminos de Galilea, a veces con entusiasmo, a veces desanimados, para que, igual que a ellos, nos lo explique todo en privado y, de esta forma, nos ayude a entender y nos dé ánimo para seguir caminando.